jueves, enero 01, 2009

Crónicas desde Lumbalgia, tres.


Se nos iban a terminar los plazos de visita a las exposiciones en las que estábamos muy interesados, mi chica y yo; una de ellas, dentro de unos días, ya mismo. Nos presentamos en la Casa de la Moneda, en primer lugar, y nos encontramos un cartel puesto en la puerta del Museo mismo, que dice que, ese día, treinta de diciembre, además de otra serie de días festivos, no estaría abierta la sala de exposiciones. Dos puntos. En ningún lugar de referencia (los guardo, para aquél que quiera disponer de ellos y comprobarlo), en nuestro caso, “La Guía del Ocio” y “El País”, se advierte de esta situación, con lo que, supongo, le ocurriría lo mismo que a nosotros, a toda la peña que acudiera desde cualquier sitio del universo, el conocido y el desconocido, a ver la exposición “Claroscuro”, de José Hernández, artista de mi querencia y al que sigo desde hace muchos, muchos, muchos años. Una falta total y absoluta de respeto por parte de estos señores de la Casa de la Moneda, hacia el público. ¡Ya les vale! ¡Tomo nota! Y es que hay gente que, con su comportamiento y sus actos, demuestra visiblemente y con descaro, lo despreciable, pequeña, pequeñísima, insignificante, que puede llegar a ser. Unos impresentables, vaya.

Completamente desilusionados, nos dirigimos al metro, dirección Colón, para acercarnos a ver las otras dos exposiciones pendientes que llevábamos anotadas en el orden del día.

Recuerdo que nos dio mucho coraje cuando nos perdimos aquella exposición de los cuadros bonitos, instalada en un bello edificio del BBVA, hace poco. Mi nervio ciático, no pudo soportar la tiranía de la cola de fuera del edificio, la cola para pasar por los aparatos de seguridad, y, por último, la cola a la intemperie, para esperar que salgan unos pocos de la sala y que entren otros pocos más. En la segunda dosis de gente que vimos que permitían acceder a la exposición, comprendimos que no iba a llegar nuestro turno, por lo menos, hasta la cuarta o la quinta tanda, con lo que nos decidimos, allí mismo, por ir a ver la de Degas, en la nueva sede de la Fundación Mapfre, situada, enfrente mismo. La cola, en este caso, doblaba la esquina del edificio, decidimos ir otro día. Hoy*.

Nada más llegar, el guardia de la puerta que le pide a un niño, cuyos padres ni aparecen en escena, que se siente un poco más allá, que, ahí, no deja entrar ni salir a la gente; el niño, que se aparta refunfuñando. En la entrada mismo, gran mogollón de gente, vociferante, chillona, maleducada e irrespetuosa; muchas “ellas”, con pellejos de animales muertos por encima; "ellos", mientras tano, mantienen un semblante indiferente, como de pensar únicamente en la hora del aperitivo. Grupos de personas más jóvenes, demostrando, en sus comentarios, su total y absoluta formación cultural. Papás o mamás, arrastrando a estúpidas y mal criadas criaturas, muertas de risa (¿¡…!?), molestando con su irreverencia. Grupitos de conocidos que han coincidido en la exposición y se ponen a hablar de sus cosas delante de una sección de cuadros y esculturas, impidiendo con su total y absoluta falta de respeto, el disfrute de toda esa belleza a los demás. Empellones, vocerío, a veces, escándalo; olores de todo tipo mezclados, Chanel y deportivas ya a punto de disolverse, debido a lo ininterrumpido de su uso y la acción del sudor… Y todo el local, arriba, abajo y más abajo, rebosando de gente y más gente.

Allí que nos metimos mi chica y yo. Apenas llevábamos vistos unos cuantos cuadros y cuando le estaba explicando a mi chica el porqué de ese aspecto de pegotes en el metal de unas esculturas, pues lo que se expone, en su mayor parte, son pruebas de fundición, bocetos, búsquedas de línea y forma, apenas unas cuantas obras acabadas, cuando entra en escena una de las vigilantes de la exposición y me regaña porque he tocado el cristal de la vitrina protectora y no se puede (¿¡…!?). Le contesto que yo no he tocado el cristal, en absoluto. Ella me responde que tiene en la oreja un pingajillo que le avisa cuando alguien toca el cristal, y que yo he tocado el cristal, por lo tanto. ¡Yo, entre toda la peña que había allí! Mi primer impulso fue el de pedirle a la señorita vigilante que me acompañara a la presencia de su jefe, donde veríamos de calibrar correctamente el aparato, así, la vigilante en cuestión, podría hacer su trabajo correctamente, y no andaría molestando a la gente innecesariamente. A continuación, iría a hacer la reclamación correspondiente. Decidí no hacerlo, me conformé con despedirme de aquella vitrina y su celoso cancerbero con un movimiento de la cabeza a modo de negación dirigido a ella, insistiendo en mi total inocencia por un acto que no haría en toda mi vida, así viviera tres vidas. Aquél día, parece ser, me tocaba a mí. Mi chica y yo, no conseguimos ver en todas las vitrinas restantes, un cartel que advirtiera de que, a determinada distancia, ya digo, no ya tocar el cristal mismo, sonaría un aviso de advertencia, controlado por el vigilante de la sala. Sí observamos a lo largo del resto de la exposición, la gran cantidad de huellas existente en los cristales protectores de algunos cuadros. ¡Lástima que aquella eficiente trabajadora no estuviera por allí! A todo esto, en la exposición se hacen visitas guiadas: nos tropezamos con una de ellas. Durante varios minutos, la visión de algunos cuadros por parte de los visitantes queda paralizada, pues el grupo va aumentando con “gorrones” y curiosos no adscritos a la visita guiada, con lo que el grupito, se convierte en multitud. Decidimos hacer como hacemos otras veces, empezar por el final. A trancas y barrancas, más a disgusto que otra cosa, acabamos con la exposición de Degas, y nos dirigimos hacia la primera planta, donde se encontraba la de los pintores españoles de primeros de los mil novecientos.

Inmenso lo de Sorolla, Casas y Rusiñol; sabe a poco, lo de Anglada-Camarasa; escasamente representativo lo de Zuloaga y Solana; una mijita, ná, de Julio Romero de Torres… Toda la peña, como siempre, en lo de Picasso —quieras o no, a todo el mundo le suena mucho este nombre—, que, encima, era poco y sin sustancia. Me sigue gustando muchísimo el "retrato de su hermana Lola", muy a lo Casas, al carbón y lápices de colores. Aquí, en esta exposición, lo del vocerío, llegaba al escándalo. Tal era el bullicio, que la persona encargada de la visita guiada, paró de hablar y pidió silencio al personal, acompañada, a su vez, de las compañeras vigilantes que se paseaban por los pasillos chistando, pidiendo silencio e intentando, infructuosamente, que la gente no se acumulara en la sala, dejara pasillos para el tránsito del resto de los visitantes, y no tocara o golpeara las obras allí expuestas. Aquello era una debacle, un marasmo; la turbamulta, grosera, burda, zafia, que no sabe estar, que no siente respeto por nada ni por nadie, inculta e irrespetuosa para con el resto de la gente allí presente y la obra de los artistas; la gente, que en cuanto ve muchos colores, se cree que está en la verbena… ¡La gente…!

Salimos de allí pitando. La nueva sede, además de estas cositas de las que llevo un ratito hablando, ha creído sumamente inteligente o algo parecido, reducir el acceso a las diferentes exposiciones situadas en diferentes plantas del edificio, a través de un único ascensor, insuficiente de todas, todas, para dar entrada y salida, de forma desahogada, a la tropa que había aquél día allí, por ejemplo. No hay escaleras, que comuniquen unas plantas con otras. Sí las hay, quiero decir, que haberlas, las había, pero de incendios y estaban cerradas las puertas. Los vigilantes y cuidadores, te dirigían siempre hacia el ascensor.

La zona dedicada a la librería, pequeña, mínima. Compré, a dos euritos, cada una, mis dos revistitas correspondientes a cada una de las exposiciones (Se puede disfrutar de la que concierne a “Entre dos siglos: España 1900” (Cuadernos nº 34), gratis y en formato pdf, en la página web de la exposición); tomé apuntitos de los libros que vi de mi interés, y salimos de allí, a toda galleta mi chica, y yo cojeando, apoyado en ella. Si no fuera porque estos señores traen unas exposiciones que me interesan más allá de lo que puedo soportar, les iban a dar dos duros, que se dice por estos pagos.

Aaaaaadiós.

* Me refiero al día treinta de Diciembre, del dos mil ocho.

Etiquetas: